¿Puede un plano en negro ser una escena memorable?
Sí, siempre y cuando sea parte de un film maravilloso, que sepa usar el recurso y darle su importancia y peso. Y Her, la película de Spike Jonze protagonizada por Joaquin Phoenix, Amy Adams y Scarlett Johansson, sí que supo hacerlo valer. El drama tecnológico y melancólico del realizador de quieres ser John Malcovich y el ladrón de orquídeas contaba la historia de Theodore, un hombre solitario que, después de una ruptura amorosa traumática, entabla una relación con su sistema operativo: Samantha… Una suerte de Siri, con la voz de Scarlett Johansson.
Sí, así cualquiera se enamora.
Pero el film de Jonze acierta en el modo de desarrollar la trama, con una inteligencia, honestidad y sensibilidad que le quita a la situación que narra toda la rareza y los prejuicios. El espectador va entrando en esa historia de amor tan lenta e imperceptiblemente que solamente advierte que lo ha hecho al llegar la escena que hoy traemos. En ella, Theodore regresa de una cita que terminó mal, y se pone a hablar con su Samantha en la soledad de la noche, y de la habitación. Y ella le revela que se había sentido celosa de que él salió con la mujer, mientras que él termina por confesarle que desearía que ella estuviera allí, en esa habitación, a su lado, físicamente, para poder abrazarla y tocarla. Con una música perfecta como background, Samantha comienza a preguntarle cómo la tocaría, y la conversación empieza a volverse erótica. Es allí que la imagen se funde a negro, mientras la charla avanza y ambos se excitan, y llegan a la única forma de sexo posible entre ellos…
Sólo quedan sus voces en el aire. No se ven cuerpos ni nada y, en esa ausencia visual es que esa persona virtual que es Samantha y Theodore, a quien conocemos físicamente, quedan equiparados. Ese “negro” pone a los dos personajes en un mismo plano ante los ojos del espectador en el que ambos, sean “reales” o “virtuales”, están unidos por el sexo y el amor en ese mismo espacio. Poner en imágenes a Theodore sin Samantha hubiera sido desacertado y más chocante que lo que ésta escena, por su carácter sexual en el diálogo, fue para algunos espectadores. En lugar de eso, Spike Jonze nos regaló ese maravilloso fundir a negro para contar la intimidad de la pareja en lo que –si se pusiera en imágenes, y con dos personajes de carne y hueso- sería una escena pornográfica. El crescendo de la música acompaña el climax de la escena, y la secuencia devuelve las imágenes una vez terminado lo sexual, para traernos la reflexión de los personajes sobre lo ocurrido. Pareció que todo lo demás se desvaneció, sentencia Samantha.

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