“La diferencia entre el suspense y la
sorpresa es muy simple […] Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba
debajo de esta mesa y nuestra conversación es muy intrascendente, no sucede
nada especial y de repente: bum, explosión. […] Examinemos ahora el suspense.
La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha
visto que el anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la
una y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma
conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público
participa en la escena. […] En el primer caso, se han ofrecido al público
quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso,
le hemos ofrecido quince minutos de suspense.”.
Alfred Hitchcock es considerado uno de los mayores directores de cine de todos los tiempos. A lo largo de sus muchísimas películas, el realizador británico ha logrado imponer un estilo propio en su cine, y se ha ganado el mote de “el maestro del suspenso”. No es para menos. El director de films como Vértigo, Psicosis, Los pájaros, sabotaje y Rebecca sabía cómo poner los nervios del espectador de punta, haciéndolo cómplice y dándole el pesado privilegio de saber más que los protagonistas de la historia. En Psicosis, el espectador sabe que un asesino ha entrado al baño, antes que Marion Crane lo descubra. En Vértigo que Madelaine y Judy son la misma persona. En Los Pájaros, que las aves están reuniéndose en cantidad a espaldas de Melanie. Y en La Ventana Indiscreta, Hitchcock hace un uso brillante de la cámara para resumir mundos en un plano… Antes que el primer personaje hable, ya sabemos su nombre, su profesión, lo que le ocurrió, dónde vive, cuál es su rutina, a qué teme, y muchísimo más. Por esa capacidad de contar desde lo visual, es que la apertura de La ventana indiscreta es nuestra película de hoy.
En ella, Hithcock incluye desde el principio los
elementos de su cine. Una mayor información para el espectador que para el
protagonista. El voyeurismo como elemento de sus historias. Un señuelo que no
importa en la trama, pero sin el cual la misma no avanzaría –el famoso macguffin hitchcockiano-. Y una historia
que mezcla una trama de misterio o crimen, mientras otra con tintes
psicológicos y sexuales avanza. En La ventana indiscreta, tras los
créditos iniciales, vemos un interior en el que se levantan las persianas,
hacia un vecindario. Asistimos así al barrio donde el misterio ocurrirá, y
vemos un balcón en el que un hombre está ajustándose la corbata en su balcón,
junto a una mujer; y luego un departamento donde una dama desnuda se coloca un
corpiño, antes de comenzar a hacer gimnasia. Enseguida, la cámara panea para
llevarnos nuevamente al interior del departamento que, en apariencia, será el escenario
principal del film. Vemos un primer plano de James Stewart, y su pierna
enyesada, y con una firma que reza aquí
yacen los huesos rotos de L. B. Jefferies. Con lo cual, antes que algún
personaje hable, ya sabemos el nombre del protagonista, y que está quebrado.
¿Cómo se accidentó? La cámara lo responde en el siguiente segundo, cuando panea
hacia una cámara de fotos rota (el hombre es fotógrafo), y un nuevo paneo a
fotografías de un accidente de autos, y de un incendio (el hombre es fotógrafo
en lugares de peligro). Y finalmente, el negativo de una fotografía enmarcada,
en el que se ve una mujer.
La cantidad de información que un solo plano
secuencia inicial expone Hitchcock es prueba de su talento. Alfred confía como
pocos en el poder de la cámara para describir y contar, y la inteligencia del
espectador para entender, saber que está siendo manipulado, y asumir esa
complicidad informativa. Por esa potencia, es que si la semana pasada hablábamos
del final de Thelma y Louise como uno de los mejores desenlaces, hoy
hablamos del comienzo de La Ventana Indiscreta como una de
las mejores aperturas.

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