Marzo
fue el mes en el que dos series se hicieron dueñas de la agenda televisiva. Una
de ellas fue 13 reasons why,
el drama televisivo estrenado por Netflix e instantáneamente convertido en el
éxito del año. La otra, con una masividad menos estruendosa pero mucha más
perfección en lo audiovisual, llegó de la mano de HBO, y se llamó Big Little Lies.
Basada
en el libro homónimo de Liane Moriarty, Big Littles Lies
tiene en su elenco a un trío protagónico de mujeres completamente rutilante:
Nicole Kidman, Reese Witherspoon y la ascendente Shailene Woodley (Divergente, Los descendientes).
Y por si esos nombres ya no bastaran para atrapar, las acompañan Alexander
Skarsgard, Laura Dern, Adam Scott y Zoe Kravitz. La serie, de siete capítulos
de duración (sí, es el sueño de los maratonistas), relata la vida de tres
mujeres de Monterrey, a partir de un asesinato ocurrido durante una gala
benéfica. Está Jane, que acaba de mudarse, y cuyo hijo es acusado en el primer
día de clases como golpeador, por lo que los padres de sus compañeros recomiendan
no juntarse con él. Y Madelaine, que aun estando casada lidia con una relación
complicada con su ex y la esposa de él. Y por último Celeste, cuya vida
perfecta esconde que es víctima de violencia de género…
Big Little Lies atrapa desde su inicio.
Partiendo del misterio que propone desde su primera escena, se sustenta en un
duelo constante de actuaciones maravillosas por parte de las tres
protagonistas. Y si bien Reese Witherspoon es magnética desde el primer
episodio, el desarrollo de Nicole Kidman como Celeste la acabará convirtiendo
en la más destacable de las tres protagonistas. En un rol arriesgado, complejo
y de mucha exigencia actoral, Kidman ofrece todo de sí y eso hará que su papel
en Big Little Lies
quede entre lo mejor de su carrera.
La
serie gana por cada recurso audiovisual que decide utilizar. Alexander
Skarsgard y Laura Dern son los perfectos acompañantes de elenco y terminan
brillando como los protagonistas. El
crescendo del guion es notable y no suelta al espectador hasta el final. La
decisión de mantener el secreto de quien murió
hasta el último capítulo es acertadísima. La factura visual de la serie es
impecable, haciendo el uso justo de las bellas locaciones paradisíacas para acentuar
el contraste con las vidas que se desmoronan. La música aparece en los momentos
apropiados y casi siempre desde los personajes, y cada vez que lo hace eleva la
escena en la que interviene; prepárate para usar spotify para buscar cada
canción. La edición vuelve el relato ágil y adictivo. Y el recurso de las
mujeres manejando mientras están en sus rutinas acaba teniendo su encanto
propio. Mención aparte cada sesión de Kidman con su psicóloga, y cada escena de
violencia y sexo entre ella y su marido.
Sin
entrar en spoilers, el episodio final es simplemente de lo mejor que se vio en
la televisión éste año. Contundente, conclusivo, emotivo, actoralmente a la
altura de toda la serie, artística y técnicamente perfecto, el cierre de Big Little Lies deja al espectador con esa
ambigua sensación de haber asistido a un milagro televisivo que no quiere que
termine, pero que a la vez debería irse para que lo haga en su mejor momento.
La escena final resume de manera extraordinaria el mundo de las protagonistas y
lo brillante de la serie.
Si
aún no la viste, regalate siete horas para conocer esta pequeña gran ficción
que estará en la lista de los mejores shows del año.









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