Frozen, la película dirigida por Chris Buck y Jennifer Lee, hizo tambalear el cine de animación desde su estreno. Con su sorprendente éxito, hizo caer de los estantes de “mejores clásicos” a muchos films de la factoría Disney, que empezaban a sentirse más viejos. Dejando atrás a Blancanieves, La Bella Durmiente, y quizás a la propia Cenicienta, Frozen se ganó un lugar en el cine actual, y lo cierto es que no habría necesitado más escenas que la de “libre soy” para volverse el clásico que se ha vuelto. La secuencia, de una sincronización visual, musical y narrativa perfecta es tan contundente que sólo con ella se justificaba el precio de la entrada de cine.Sintetizando para entenderla: La princesa Elsa ha tenido poderes mágicos vinculados al hielo y la nieve. Y después de un incidente en el que lastima con su magia a su hermana Anna, ha vivido encerrada y sola, para controlar sus dones. Pero al momento de que Elsa debe ser coronada reina de Arendelle, y debe ser presentada ante el pueblo como tal, sus poderes son descubiertos, y accidentalmente congela su reino. Elsa, ante la mirada de los demás, que la empiezan a juzgar como bruja, huye de Arendelle, y es allí que se produce ésta secuencia magnífica y ya –a pocos años de su estreno- emblemática del cine.
De menos de cuatro minutos de duración, la escena dura lo que lo hace la canción “libre soy” (“Let it go”, en su versión original), y presenta a Elsa llegando a una montaña solitaria, en la cual primero se siente algo perdida, y luego se va sintiendo mejor y mejor al entender que allí podrá vivir libremente, sin tener que controlar sus poderes. Elsa va cambiando de estado de ánimo a medida que la canción también lo hace en su crescendo, y ésta metamorfosis se siente en un primer momento como una rebelión adolescente que nuestro personaje, por el hecho de haber vivido encerrada y controlándose, nunca ha podido tener. Voy a probar que puedo hacer, sin limitar mi proceder, anuncia Elsa, mientras se va envalentona de libertad, y empieza a crear cosas pequeñas –entre ellas a Olaf, ese brillante personaje secundario que enaltece aún más el film. Y su creatividad la va incentivando hasta terminar creando un castillo de hielo, en el que vivir. Lo va armando a su paso; cada vez más libre, más lúdica y más feliz. Y después de construir su entorno, pasa a construirse a sí misma como mujer: cambia de pelo, de vestimenta, de silueta, de expresión, y deja de ser la chica introspectiva que era para soltarse y, así, volverse grande, imponente, poderosa.
Mucho se ha analizado de ésta secuencia –incluso se ha analizado si “libre soy” refería a la homosexualidad oculta de Elsa, ya que nunca tiene príncipe–, y el hecho de que tenga tantas lecturas sólo habla de lo grande que es éste momento del cine. A la ya señalada evolución del personaje se la complementa visualmente desde unos paneos que van recorriendo el irrefrenable avance de la nueva Elsa. La cámara avanza mientras ella corre por las escaleras de hielo que va creando. La cámara asciende desde el suelo que pisa firme, para ir subiendo por las paredes de hielo que va levantando, y terminar en la lámpara que cuelga de la cúpula inventada. Y desde allí, habiendo visto todo lo que nuestra cambiada princesa puede hacer, desciende la cámara girando en espiral, hasta volver a Elsa nuevamente, antes de su transformación física. La escena termina con ella saliendo a su balcón creado, desde donde ve el atardecer, antes de mirar a cámara y aceptar su verdad, en la estrofa final: el frío es parte también de mí.
Todo funciona perfectamente, y al servicio del concepto que la secuencia irradia: la libertad de un personaje que se ha descubierto principalmente a sí misma, y cuya potencia e ímpetu son capaces de volver interesante y épica cualquier película.
Por Victor Albornoz
@ravensburgerboy

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