Me gusta el cine porque Macaulay Culkin se tocó los cachetes con loción con alcohol, y gritó. Porque Sam tocó de nuevo As time goes by. Porque el péndulo de El Origen nunca cayó. Porque yo tampoco pude escuchar lo que Scarlett Johanson le susurra al oído a Bill Murray, antes que él se vaya de Tokio. Me gusta el cine porque Jesse y Celine se reencontraron en París. Y porque la Princesa Leia puso los planos en R2 D2, y porque Darth Vader le reveló a Luke el secreto de su padre. Me gusta el cine porque el cisne blanco se convirtió en el negro, pero también porque Mary le escribió cartas a Max, y porque Melancolía amenazó a la Tierra, y porque Lester soñaba con Ángela en bañeras cubiertas de pétalos de rosas.
¿Cómo no gustarme el cine después que Scottie subió esas escaleras, a pesar del Vértigo? ¿O después de que Marty McFly viajó en el tiempo y besó a su madre?
Me enamoré del cine porque Theodore se enamoró de su sistema operativo, y porque Thelma y Louise se tiraron al Gran Cañón, y porque Amélie disfrutaba romper el caramelo del creme brulée. También porque sonó The End, de The Doors mientras los helicópteros bombardeaban Vietnam, y porque Danny paseó por el Overlook en su triciclo y vio a las gemelas, y porque los monos se vieron afectados por la aparición del monolito.
Me fascina el cine porque existió Lynch, y el cubo azul en Mulholland Drive. Y porque Juan, después de un día con Marcos, se acordó que la canción era Il Ballo Da Mattone. Y porque Joel luchó por olvidarse de Clementine, mientras que –de atrás para adelante– Leonard se tatuaba el cuerpo, luchando por recordar el asesinato de su pareja.
Y las series… Bueno, las series me gustaron básicamente porque el Central Perk existió, y fue el hogar de mis mayores amigos televisivos por diez años. Y porque Homero fue el líder, Don Barredora, y tantos más. Y, bueno, también porque la boda roja terminó antes de tiempo, y porque Hodor sostuvo la puerta, y porque se abrió el granero de Hershel, y salió Sofía… Pero también porque el primer ministro eligió entre dejar morir a una princesa secuestrada, o tener relaciones con una oveja. O porque los daleks siempre perdieron, pero aun así siguen generando tanto peligro cuando aparecen. O porque los sensate cantaron What´s up, de 4 non blondes.Y, de seguro, me gustan las series porque las amas de casa de Wisteria Lane se desesperaron. Y porque House tenía capas sensibles debajo de tanto sarcasmo. Y porque Los Simuladores daban el saltito en la apertura de su segunda temporada. Y también porque, al final, supimos dónde estaba Jessica Hyde. Y porque Jack Stone se cuidó de los pies. Y porque el agente Cooper disfrutaba el café más que cualquier otra cosa. Y porque Frank Underwood habló a la cámara.
Habló a la cámara para decirnos que nos veía, que estábamos ahí, y que sabía que mirábamos. Y cómo no hacerlo cuando en el cine y en la televisión había tantas películas y series fascinantes por ver.
Allá afuera, en el espacio, hay millones de escenas y momentos mágicos hechos en fotogramas, esperando para ser vistos a quienes saben encontrarlos.
Eso es el cine y las series para mí: una búsqueda de esos momentos perfectos ya creados, y que están ahí, y esperan.
Y allá vamos a buscarlos, a bordo del Halcón Milenario.

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